Nueva edición: Capilla Blanca

Mi relato “Capilla Blanca” publicado en la antología El Narratorio #8.

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Oti Bei, relato de Luis Alberto Spinetta

Oti Bei

 

Surgido entre la oscura mata, espectral y también oscuro, se asoma Oti Bei. Es un niño de río. Su nombre significa niño manatí, niño delfín del río.

El amanecer aquí es muy caluroso. Parece haber humo, y es sólo la neblina que la humedad crea en medio de la vegetación. A la vez se escucha el oleaje del mar  cuando rompe en la playa, habiéndose frenado ya bastante desde el arrecife y también el murmullo del río que viene desde adentro.

Los árboles parecen pintados con una fosforescencia dorada. El día será terrible.

spinetta
Luis Alberto Spinetta
Como si buscara mirando el piso, Oti Bei entreabre con su vara los arbustos y las ramas. El canto de los pájaros se escucha cerca y, a la vez, desde el fondo infinito del río y la floresta. Algunas de estas aves cruzan hacia este lado del río con un aleteo incesante, y el niño busca el piso, mirando de vez en cuando el aire alrededor.
Estos niños que otean el aire y el piso son las nuevas flores del lugar. En la aldea no hubo más que dos nacimientos luego de Oti Bei.
Donde nacen los niños, como todos los hijos, los lugares se vuelven más lindos.
El cuerpo del calor ahoga el propio, el sol ha subido y no hay música. Sólo los rápidos pasos hacia los lugares que la vara anticipa.
Alejándose ya de la orilla sus piernas se aceleran, la vegetación ofrece un claro y el canto de los loros se escucha más. Hay una especie de reverberancia de esas voces de pájaros, que como los hombres de ciudad hablan de aquí para allá. Son muchas almas así.
Oti Bei se encuentra cerca de los juncos que dan a un arroyo que el río creó hace mucho, donde el terreno más árido y ocre está bordeado por arbustos que sirven como de calle, cuya salida en curva hacia el arroyo se da en una hondonada natural, y aquí es donde parece estar más hundido todo y el sol apura y la tierra es más caliente. Se escucha el eco de la selva que despierta a pleno.
Un olor intenso a hierbas y menta hay aquí, en este arroyo que bajó y sigue otro cauce y respira otra vez con sonido a río, y se perderá detrás de aquellas lomas que son casi jungla adentrándose en lo virgen.
Mientras se dora el amanecer y ya hay sonidos de mañana, Oti Bei se halla sentado con los pies en el arroyo cuyas aguas son frías, mitigando el calor que va en aumento minuto a minuto.
Lleva agua a su cabeza lentamente con las manos en cuenco. El agua clara cae como una raíz brillante sobre su pelo seco. La piel parece tatuada por el agua, que la oscurece y se dibuja por su pecho, desde su cuello, y salpica su espalda.
El lugar de la paz para Oti Bei.
El lugar de la paz para los niños delfines del río descalzos.
¡Qué intensa la luz al borde del pequeño canal por donde los ojos del niño se ocultan, mientras el sonido se aquieta brevemente y las ráfagas de brisa acarician las hojas!
En estos amaneceres carentes de protección y descanso, Oti Bei alimenta su espíritu, simplemente saliendo ileso de los paseos, fortificando así las enseñanzas aprendidas en su aldea.
De pronto. !Un pez! – exclama Oti Bei.
Sobre la derecha de su vista se asoma la blanca cabeza de la lisa, oponiéndose al sentido de la corriente, interrumpiendo la actividad del agua.
Oti Bei está asombrado por el movimiento empecinado del pez, que, eléctrico, se inclina hacia un costado. El misterioso movimiento de algo nuevo que parece salido de un mundo acaso distante del niño y la selva, y aun de las aguas.
Pez delgado y blanco sobre el vitral del arroyo cercano al mar.
El niño obtendrá un alimento gracias a su instinto de cazador. Es que ahora entre las rocas que lo ralentan, el pez queda de costado y Oti Bei lo detiene bruscamente con un golpe de su vara y lo captura impecable con su otra mano.
Ha tenido suerte. A veces, en su condición de sobreviviente, esto es un milagro.
Otras veces, con igual salvajismo, el alimento no existe.
Por suerte hay una temporada de pesca, cuando todos en la tribu esperan a los hombres que se internan con sus piragüas en la laguna oceánica que deja el arrecife. Con sus redes capturan miles de pequeñas lisas que quedan en el aciago.
O cuando los frutos maduros de la selva se prodigan con generosidad.
La aldea entera, entonces, incluyendo a Oti Bei, disfruta de los cocos, las bayas, y hasta de la miel de las abejas silvestres y algunas raíces dulces, a las que hay que saber encontrar aprendiendo de los mayores. Suelen encontrarse en lugares peligrosos, en lugares al pie de los árboles donde habitan alimañas.
Así como a la deriva, la vida entre paraísos de flora y fauna se constituye de una realidad más sensible. Lo frágil de la existencia ante tanta belleza y peligro, absorbe la mirada, pero a la vez no permite distracción alguna.
El sol se impone groseramente sobre la cabeza que aunque refrescada por el agua, arde.
Sin estar perdido sin estar distraído aún sin haber descansado, este niño juega con la realidad de la selva plena de diversidad. De sin asombro a la muerte repentina, no hay sino un corto paso aquí. Sin embargo, el lugar no podría ser más hermoso.
El mar confluyendo hacia la hondonada de la jungla. Río salado y luego dulce de la montaña lejana. Mundos que convergen sin prisa, pero de manera eterna.
Y así de nuevo, con el oleaje de los días que no tienen respiro ni parecieran tener finalidad alguna, la vida aquí construye al niño descalzo embebido en la constante del cielo y la tierra.
Su mirada no se detiene ante la tempestad o la mansedumbre. Los días son iguales cambiando interminablemente. El ser se dispone a saber, saber que se es la selva tanto como el agua o los juncos azulados que terminan casi dentro del pequeño arroyo.
Hay un lugar de verdadera quietud donde la existencia carece de intelecto.
Instintivamente las palmas de sus manos intentarán rastrear el viento y los latidos del horizonte de frondosos dibujos, y su movimiento es oración como señal al universo.
El propio conocimiento sabe el lugar y la arquitectura de la razón que éste imprime en el alma.
Siento cierta conmoción al pensar en esto. Lo veo a Oti Bei, el niño delfín de agua dulce guiado hacia su destino.
Ahora, las tenues luces del amanecer se han transformado ya en pleno día, dispuesto a consumir las almas de la tierra en su ciclo demencial, atendiendo a los desvanecimientos humanos como un preciso reloj que todo lo puede.
Para Oti Bei, cualquiera de las rutas que elija lo conducirá a su aldea. Y mañana volverá a internarse, como hoy, en la jungla, o caminará por la playa, o estará en el río o el arroyo, o en la dunas más allá de las altas rocas que hay en el extremo de la costa.
De pronto el cielo es de un azul muy intenso y lleno de luminosidad.
Cruza un águila, Oti Bei la advierte de inmediato, parpadeando al oír el aleteo avisador.
Mientras el dibujo de sus alas en triángulo perfecto la frenan apenas antes de retomar el vuelo, el vuelo, el águila dobla, y, abajo, punzante, el suelo aguarda un instante, casi sin latir, con la quietud que suele preceder al peligro. Oti Bei se detiene, inmediatamente sabe que está ante una enemiga mortal. Es una serpiente mamba negra muy venenosa que lo amenaza con sibilancia aterradora. No es demasiado grande, pero sus oscuros dibujos indican claramente que se trata de una depredadora letal, y la ferocidad de su quejido es más que una advertencia para el niño.
Oti Bei se detiene y el pelo se le eriza. Está completamente electrificado. Sus pequeñas narinas se han abierto al máximo, como si quisiera oler la realidad misma. Es un instante crucial y sabe que ésta es una prueba de vida o muerte.
En el convencimiento de vivir  en este paraíso, bajo este cielo azul tan inmenso, apenas surgido de la penumbrosa selva, y sólo por un segundo, resulta imposible reflejar la violencia de la escena, en la que nuestro niño enfrenta a la muerte y tras avisar, súbitamente, el águila ha desaparecido.
Algunas águilas temen acercarse a cazar esos reptiles. Ellas sólo avisan el lugar exacto, con sus alas abiertas que hacen de punta de flecha que señala el piso.
Los aborígenes de la aldea de Oti Bei no tienen miedo a ninguna criatura de la selva, ni siquiera les temen a las arañas más venenosas, pero sólo alguien muy experimentado puede saber que el águila avisará sabiamente.
El día, que recién ardía, ahora parece congelado. No se percibe brisa alguna  las aves, misteriosamente se han silenciado.
De inmediato me imagino el miedo de los niños cuando la ciudad en la que viven es bombardeada día y noche. Veo un niño abandonado que se oculta de las bombas olvidándose del propio deseo de salvarse. Esto es desde una perspectiva totalmente lejana al drama que observo ahora en este Edén y por supuesto, ambas situaciones suceden en el mismo planeta.
Si sorpresivamente la mamba atacara a Oti Bei desprevenido, la consecuencia de su tarascón sería la inmediata muerte, es decir, lo opuesto a lo que pasa en estos momentos por su mente. Éste y aquél son el mismo niño en esencia, como un niño de Chernobyl, u otro de un pueblo intoxicado de tecnología, o infectado de odio religioso. Siempre se ve, creo, como la representación del ser indefenso enfrentando a un terrible mal.
Así en este momento inmóvil, los ojos de nuestro niño se compenetran en la serpiente, que brilla entre la vegetación como una lonja negra  y plateada.
La vara de Oti Bei, sabiamente se alza y cambia de posición, y la serpiente se yergue, a su vez, chillando brevemente.
En el rostro del niño no hay mueca alguna. Su pensamiento, agudo sendero hacia todos los sitios, recorre rápidamente las imágenes de su aldea y la gente de la tribu, sus lugares favoritos, su cama de estera, sus pequeñas plumas. Acaso si fuera picado por la mamba dejaría de verlo todo para siempre. Las niñas y los niños de la aldea, los paisajes, los pájaros, las orquídeas, el oleaje. Todo.
En el torbellino de estos pensamientos, Oti Bei ni siquiera pestañea. Su corazón late apresuradamente. Tiene ante sí a un animal a la vez mortífero y sagrado, al cual la tribu respeta desde tiempos remotos. Entonces, los sabios de la población conocían el lenguaje para hablar con las serpientes y los demás animales de la selva.
Oti Bei levanta aun más su vara. Su movimiento es tan lento que la serpiente, demasiado concentrada, no alcanza a percibirlo, y sólo enfoca con sus ojos sin descanso la punta del palo, punta negra curada desde hace tiempo por el mismo suelo.
Por encima de su cabeza, Oti Bei siente una bandada de unas pequeñas aves que se animan a cruzar el lugar. Sin embargo, la tensión del momento es tan fuerte que impide la respiración.
Serpiente y niño se miran acechantes. La vara negra de Oti Bei se ha detenido ahora casi por encima de la cabeza de la mamba, pero como a un metro de ella. Es un instante interminable.
Rara vez un niño de su edad se encuentra solo ante una serpiente tan venenosa.
De pronto, como un rayo, el reptil se precipita hacia adelante arqueándose con extrema ferocidad sobre la punta de la vara, pero Oti Bei, con un movimiento de látigo, ensarta la garganta de la mamba. Ha sido una asombrosa maniobra de espadachín, y la mamba, atragantada, comienza a chillar y muerde neuróticamente la dura madera, mojándola varias veces con su letal veneno.
El movimiento del palo ha sido tan exitoso que la serpiente, al retorcerse, más lo va tragando, a la vez, con los pequeños y violentos puntazos que Oti Bei aplica en el aire, increíblemente atento.
La mamba está alterada. Ha quedado en silencio y sólo la parte posterior de su cuerpo logra moverse, paralizada por la vara a la que ha tragado bastante.
Pareciera que, bajo el sol abrasador y la relativa proximidad de los árboles, se ha recuperado parte del ruido, como si todo fuera a proseguir como siempre. Pero Oti Bei siente la sal de una gota de sudor en su cabeza renegrida que baja hasta la comisura de sus labios. Su miedo, ahora, balancea la habilidad casi mágica con la que acaba de detener a la serpiente.
Otra veloz bandada de pequeños loros cruza el aire gritando desde lo alto. Perlo lo que ahora gritan es el alerta de muerte para la mamba negra y no el festejo por el espectáculo que ha brindado Oti Bei.
Irguiendo el trofeo con su vara, el niño delfín hablará largamente con la serpiente agonizante. Con el correr de las horas, y ya cerca de los bambúes que protegen a la aldea del viento el niño despedirá con un melancólico canto a la mamba cautiva, que ya rendida, ha tragado más de la cruel madera, muriendo.
El niño llora por ella, ahora. También lo hace por la emoción de recordar el momento de terror vívido.
La aldea entera se ha acercado a ver la mamba inerme como un fino guante sobre la vara de Oti Bei. Con el correr de las semanas comenzarán las deliberaciones de los sabios de la tribu. Consideran la captura de la serpiente como un milagro muy importante. Querrán escribir la historia a la manera de una nueva leyenda para su pueblo, para las futuras generaciones.
Su vara será objeto de constante observación y se le rendirá culto, tal como se les rinde a las canoas con las que los pescadores se animan a las aguas más allá de la rompiente.
La piel del reptil quedará guardada en la choza reservada junto a los inumerables hallazgos y objetos rituales de su tradición.
Oti Bei, el niño que se ha convertido en héroe mítico, cumplirá apenas nueve años.
Cuando sea mayor de edad, quizá sea jefe de su grupo y, por supuesto, de ahora en más será acompañado a sus paseos por la selva al menos por un joven guerrero, como un pequeño príncipe. El guerrero deberá recopilar cada suceso, para poder así relatar al regreso el curso de la caminata. El acompañante deberá, además, obedecerle y “aprender los pases mágicos” que Oti Bei realice con su vara, como cuando caza los peces que caen al arroyo, que ahora ya no será un lugar tan secreto.
Preciosas horas en la vida de un niño atravesando la diversidad de estos parajes, ahora resplandecientes desde aquí.
Vida ignorada. Magia oculta a los ojos del resto del mundo. Esfuerzo sin recompensa de una cultura en acción, como tantas otras.
El bosque perece levemente entre sus colores hacia la llegada de una profunda y lluviosa noche selvática. El bramido de las intensas ráfagas de agua desarma todos los complicados ruidos de la jungla en la quietud de época seca.
El mar, por otro lado, amenaza a veces con desatarse como un manto gigante sobre toda la floresta costera que protege la aldea  y las pequeñas embarcaciones.
Hay noches durante la temporada de lluvia en la que ésta para brevemente y los sonidos del bosque parecen volver a la vida y el espumoso oleaje genera una asombrosa fosforescencia.
En este lento espejismo sonoro, oigo con mi imaginación los relatos de Oti Bei, innumerables veces repetidos antes los oídos de los ancianos de la tribu.
La bruma de la selva y el río que llega de más allá y el salitre que aqueja la corteza los árboles costeros, ya han descendido sobre la aldea.
Alguna tempestad lejana desprende rayos que caen al horizonte tímidamente apenas un instante, dibujando las espesas nubes. La hojarasca húmeda se ha detenido, y algunos gritos y chillidos aseguran la persistencia de los hombres y animales.
El fuego de la aldea y el estrellar de las olas contra la breve playa son de un mismo resplandor nocturno.
Oti Bei duerme. Su oscuro cuerpo se recorta patentemente contra la esfera clara que es su lecho.

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Juan Pablo Sorín
Mañana retomará la aventura, descubrirá un nuevo secreto.
Sólo los pasos

por la selva violeta
de un niño descalzo
buscando ya lejos del mundo
una voz
que le hable su lengua
y le diga su tierra y su cielo.
Luis Alberto Spinetta.
Grandes chicos, un proyecto de Juan Pablo Sorín y Sol Cáceres
2005 La pelota roja

Vuelo de Noche

Relato publicado en la Antología “Lo que quieras decir” ,vuelo

a cago de Florencia Estevez, Ed Dunken.

 

Vuelo de noche

No necesito escribir, es apenas un ejercicio, una forma de matar el tiempo, de ganarle, de impedir que él me mate a mí. Necesito decirlo, el hecho me hace pensar de otra forma. Casi comprender. Decidir.

Camino de un lado a otro hablando sin hablar. Contando sin decir.

Espero con ansias aquella llamada que va a cambiarme la vida, la que me queda. Salvarme la vida. Hacérmela digna. He sufrido y trabajado demasiado. Debería obtener lo mío, el sacrificio está hecho.

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Hoy puede ser un gran día, o uno pequeño, o el primero, o el último, el teléfono dirá.

Me he imaginado una infinita cantidad de diálogos posibles. Todos elogiosos, felicitaciones, buenas noticias.

No sé si puedo resistir la espera, la llamada debe ocurrir pronto. No he dormido en toda mi noche, temeroso de no despertar por alguna razón. Esperé todo el día, por eso me arden los ojos. En un momento será nuevamente de noche. Cada instante me aterra, no sé si mañana voy a estar vivo según haya o no recibido esa llamada. Mi dignidad está vencida, mañana vence la luz, la próxima semana el gas. Por suerte me prestaron plata para el teléfono; anda de verdad, no crean que estoy loco como Whoopi Goldberg en The Telephone o la de esa otra actriz italiana que ya nadie encuentra.

Gracias a quién sabe quién, mi fortuna me mantiene con una salud envidiable, ningún percance que entristezca mi pasar. Sobrevivo duramente como hierba mala. Como la resignación de las plantas que crecen en las canaletas tapadas o entre los ladrillos de los tapiales.

No tengo nada que hacer, nada en que pensar, nada que leer, nadie viene a verme, no tengo ganas de salir. Sólo la espera me aburre y a la vez me entretiene. El tiempo es una montaña que me aplasta, pero no del todo, sólo me hace agonizar, me mantiene vivo para eso. No puedo superar esto, estoy desesperado, es muy difícil no saber si mañana voy a estar respirando o no.

Por eso decido aclarar las cosas, despejar todas esas dudas que carcomen mi cerebro. Cortar por lo sano, que se jodan los demás, los que me ignoraron. Mi disparo no fue certero, me equivoqué al usar mi mano derecha. Un acto reflejo se interpuso, traidor como el tiempo y mis amigos. ¿Son mis oídos los que retumban? Tardo un instante en perder el conocimiento. Un maldito y abominable instante. Algo más que el olor a pólvora se presenta en mi habitación. Resuena después que el eco emboca en el hueco de la ventana. No es el crepúsculo. Es una onda que sacude el aire a nivel microscópico. Conocés la naturaleza de esa estridencia, la has escuchado miles de veces, millones. Como yo.

Creo que es ella la que muere cuando todo es negro.

Extiendo mis alas.

Patricio Peralta R

El navegante vuelve a su patria, de Adolfo Bioy Casáres.


Siempre tuve ideas pero nunca las escribía. Alguien estaba repartiendo un fanzin de una agrupación que prometía realizar un certamen literario en el cual finalmente participé. En él reproducián éste cuento. Tiempo después lo utilicé en Hiperhistorias. El Bar es un relato basado en un ejercicio que proponían en la matería de Guión cinemátográfico en la facultad de bellas artes. El arte es el arte del robo.

El navegante vuelve a su patria


Creo que vi Pasaje a la India, porque en el título de la película estaba mi país. Al salir del cine, tomé el subterráneo —o Metro, como acá lo llaman— para ir a la embajada, donde todos los días trabajo un par de horas. Lo que así gano me permite ciertas extravagancias que dan un poco de animación a mi vida de estudiante pobre. Sospecho que por culpa de esas extravagancias, recaigo últimamente en una suerte de sonambulismo que suele provocar situaciones molestas. Un ejemplo: al recordar el viaje en subterráneo, me veo cómodamente sentado, aunque tengo pruebas de haber permanecido de pie, cerca de las puertas, asido a una columna de hierro y a punto de caer cuando el tren se detiene o se pone en movimiento. Desde ahí miro, con una mezcla de conmiseración y de censura, a un estudiante camboyano, muy mal entrazado, que en un asiento, a la mitad del vagón, dormita con la cabeza reclinada contra el vidrio de la ventanilla. Su pelambre, tan abundante como sucia, deja ver un redondel calvo y arrugado; la barba es rala y de tres o cuatro días. Dormido sonríe, mueve los labios rápida y suavemente, como si en voz baja mantuviera una amena conversación consigo mismo. Pienso: «Parece contento, aunque no hay razón para que lo esté. Vive, como yo, entre europeos hostiles, por más que lo disimulen. Hostiles a quienes juzgan diferentes. En tal sentido los indios tenemos alguna ventaja, por ser menos diferentes; pero a este muchacho, con su traza tan particular ¿quién no le lleva ventaja? Aunque fuera occidental y del Norte, se lo vería como a un representante de la escoria del mundo. Ni siquiera yo, que me considero libre de prejuicios, me atrevería así nomás a confiar en él».

Adolfo Bioy Casares
Bajo en la estación La Muette y en seguida me encuentro en la calle Alfred-Dehodencq, donde está la embajada. Por increíble que parezca, el portero no me reconoce y se niega a dejarme pasar. Mientras forcejeamos a brazo partido, el hombre grita: «¡Fuera! ¡Fuera!» varias veces. En una de las últimas, el grito se convierte en un amistoso: «Sour-sday», que en camboyano significa: «Buenos días». Abro los ojos y aún perplejo, veo a mi amigo el taxista, un compatriota, que mientras me zamarrea para despertarme, repite el saludo y agrega:
«Tenemos que bajar. Llegamos al barrio». Me incorporo, casi doy un traspié al salir del vagón; sigo al compatriota por el andén, sin preguntar nada, por temor de equivocarme y de que me crea loco o drogado. Antes de subir la escalera, cuando pasamos frente al espejo, tengo una revelación, no por prevista menos dolorosa. Quiero decir que el espejo refleja mi pelambre sucia, mi barba rala, de tres o cuatro días; pero lo que francamente me fastidia es comprobar que también en ese momento muevo los labios y, peor todavía, sonrío hablando solo, como un imbécil.

Adolfo Bioy Casares

Algunas entradas de  hiperhistorias

 

Sam Shepard I

Sam Shepard

Sam Shepard, escritor y actor estadounidense nacido en 1943 en Illinois.
Crónicas de motel una no-novela que me dejó shockeado, casi sin hablar, sólo con ganas de escribir.
Aquí un relato de “Hawk Moon” traducido como “Luna Halcón”, aunque para mí debería haberse traducido como “Luna pregonera” o buchona como decimos en el barrio.

Sueño marino

La cama era para él un océano, incluso cuando estaba despierto. Las mantas se ondulaban como las olas. Las sábanas espumeaban como las rompientes. Las gaviotas caían en picado y pescaban a lo largo de su espalda. Hacía bastantes días que no se levantaba y todo el mundo estaba preocupado. No quería hablar ni comer. Sólo dormir y despertarse y volver a dormirse. Cuando fue a verlo el médico, se le meó encima. Cuando fue a verlo el psiquiatra, le lanzó un escupitajo. Cuando fue a verlo un cura, le vomitó. Finalmente lo dejaron en paz y se limitaron a pasarle zanahorias y lechuga por debajo de la puerta. Era lo único que quería comer. Los demás habitantes de la casa bromeaban diciendo que tenían un conejito, y él les oyó. Cada vez se le aguzaba más el oído. De modo que dejó de comer. Empujó la cama hasta ponerla contra la puerta, para que nadie pudiera entrar, y luego se durmió. Por la noche los demás habitantes de la casa oían el silbido de los huracanes al otro lado de la puerta. Y truenos y relámpagos y sirenas de barcos en una noche de niebla. Aporrearon la puerta. Intentaron derribarla, sin conseguirlo. Aplicaron la oreja a la puerta y oyeron gorgoteos subacuáticos.
En la cara exterior de las paredes de esa habitación empezaron a crecer algas y percebes. Comenzaron a asustarse. Decidieron encerrarlo en un manicomio. Pero cuando salieron por el coche descubrieron que toda la casa estaba rodeada por un océano que se extendía hasta donde alcanzaba su vista. Océano y nada más que océano. La casa se balanceaba y cabeceaba toda la noche. Ellos se quedaron apretujados en el sótano. Desde la habitación cerrada les llegó un prolongado gemido y la casa entera se sumergió en el mar.

El héroe de los sueños ( Nueve )

“La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido”
J.L.Borges
Así comienza el capítulo nueve, el sueño te llueve
 
NUeVE


Mamá trajo un perro de una casa que limpiaba y que según ella, lo iban a poner a dormir. Marca perro, de ninguna raza. Era lindo de tan feo que era. Al principio no tenía nombre. Como no se me ocurría nada le dije al viejo que le ponga nombre.
El Viejo no sabía cómo ponerle así que le dijo a la Vieja que le ponga pero tampoco sabía que nombre elegir porque tenía tantas cosas en la cabeza que no andaba para pensar en esas cosas.
El viejo le puso Colita al perro, Colita, menos original no podía ser.
Entonces yo le digo Luca. Igual no importa porque el perro te mira con una cara de tontera más grande que la mía y nunca te lleva el apunte.





La placita de nochecita

Un sueño de luz, como un amanecer
no pasará al olvido.


LUIS ALBERTO SPINETTA
“Mi sueño de hoy”


En el barrio hay una plaza donde la gente a veces va a caminar y algunos a correr. En

la primavera del año pasado pusieron más lucen y más gente empezó a ir, entre ellas

mi mamá, medio a la nochecita.

Entonces yo que hago gimnasio porque nosotros comemos mucho de golpe andaba acompañándola a la vieja porque a pesar de las lucen no quiere ir sola y papá se quedó cuidando el asado. Y no sé que pasó, que al rato era el Luca el que me acompañaba a mi. Porque Allá el perro se llama Colita pero le decimos Luca y Acá se llama Luca porque el que sueña soy yo y el viejo no tiene voz. Me paré al lado de una planta a hacer algunos ejercicios de estiramiento como cuando voy con El Viejo mientras miramos a las chicas. El perro también las mira.
Ahí estaba el pibe, el gordito, con un tatuaje en la pierna y un montón de picaduras de mosquitos.
¬Sos muy chico para ese tatuaje, le dije.
¬El tatuaje se lleva en el corazón, me dijo.
¬No te dijo el gordo de las zapatillas.
¬Que gordo, le dije yo.

¬Ah si, el de los hongos, el que me dijo algo del influjo.

¬Sí, ése.
El pibe se estiraba hasta medir como dos metros y luego volvía a medir metro treinta. Las picaduras de mosquitos eran siempre las mismas.
¬Tengo poco tiempo, no es influjo, es inducción del flujo hidro-áulico, ya resolviste el problema de los deutóxicos.
¬El que, le dijo, no no no, me olvidé, iba a buscar en internet pero me olvidé, desde el año pasado…
¬Ni se te ocurra, me interrumpe.
¬Que ni se me ocurra qué.
¬Buscar el internet… entrás, e inmediantemente tenés a los lobos en tu casa. Que te pensás que el Sátrapa no sabe, están, o estaban mejor dicho, un paso adelante en esto. El Sátrapa también fue un soñador. Los conejos monitorean todo, están entrenados en Estados Unidos.
¬Estados Unidos a qué altura, yo me re conozco el centro, por dónde es.
¬No te hagas el mogui que te van a caer los lobos.


¬Qué lobos. El Sátrapa era Mentiuno?
 
.. La continuación en la versión impresa, próxima a soñarse.

 


El héroe de los sueños

Es una nouvelle fragmentada próxima a editarse o quemarse.
Un chico muy especial y que no tiene muchas “lucen” va conectando los sueños de 20 noches y una siesta

Se construye una aventura que impactaría en su vida real.

La casa más antigua de latierra
El perro Paul

El relato de Paul no está incluído en El héroe de los sueños, perro sirvió de inspiración para el Paul fue reemplazado por Luca.
Abajo algunos enlaces a algunos fragmentos.
Estas son las instrucciones de uso:


El héroe de los sueños, Prolosogía


Aquí hay sueños.
También hay errores, ya que los sueños no son más que errores del área constructora de olvido del cerebro, .
Es un libro con momentos de presueños, sueños, entresueños y despertares.
Excepto uno, todos los sueños pertenecen a Ever. El Ever.
Ever, a su vez tiene un sueño, ese es el sueño conductor de este hilo.
El 95.23% de los sueños de Ever están inspirados en sueños del autor, el resto no.
Aqui la lógica es difusa como en los sueños, por ende algunas consecuencias se anteceden a la causa. Esa ilógica puede haber contaminado la vida real, ya que por eso el Ever cree que consistían sus poderes. Se propone una misma lectura de lógica difusa, ya que cada ejemplar está impreso en diferente orden y la ubicación de apéndice casi lo explica todo y cada cual puede elegir el propio orden.
Pero el primer sueño debe leerse primero, el último debe leerse último, los otros no.


Otros fragmentos:

 

[ El postre ( La evacuación) ] fragmento del capítulo ONCE

 

[ Habia que salir explorar] fragmento del capítulo DIEZ

 

[ Salto a la facultad ] fragmento del capítulo CINCO


[La placita a la nochecita ] fragmenteo del capítulo NUEVE
Esta edición cuenta con el cuerpo central del libro y un apéndice, y aunque nuestro deseo fue incluirlo en ésta pero no tuvimos espacio, dejamos el deseo para la próxima edición que incluirá un apéndice y un riñón.
Producto de venta libre. No testeado en dinosaurios. Estos sueños pueden provocar desconcentración, lógica difusa y somnolencia, no se recomienda a pacientes que manejen maquinaria pesada.
 

Había que salir a explorar

The Sun Shines Down On Me

I’m getting closer to the fact
I’ve turned my on silly dreams
And I’m walking down that lonely road
And my heavy load I didn’t bother to bring it
Tanque de agua
Tanque de agua en las vías
Había que salir a explorar.
En la última reunión o en el último sueño habíamos acordado que lo mejor es salir a la calle y explorar.
Y lo mejor es tomar un transporte público de esos que te llevan bien lejos del centro.
Elegí uno que sabía bien que iba pegado a las vías, es lo mejor para espiar.
Iba solo, los otros se habían quedado despiertos.
Llevaba un libro que leí un rato y un cuaderno para tomar apuntes.
Lo mejor es salir, o entrar a la calle a explorar.
Fantasma en las vías
Fantasma en las vías
Lo primero que me llamó la atención fue el recorrido ya que cuando se terminaron las calles, el micro comenzó a circular entre las  vías. Parecía que no había espacio, pero si, entre la vía que iba y la que venía, o entre la que venía o la que iba, toda con pastito,  por ahí, el micro nuestro que iba o venía o venía e iba. No vi como fue que el micro se metió por ese medio, pudo haber pasado en un paso a nivel, pero yo no vi nada. Pero el ómnibus iba circulando por las vías, y por esas vías pasaban trenes.

Tampoco vi a ningún tren que iba o venía o que viniera o fuera.

Ramas en las vías
Ramas en las vías

Una vía que va, la de la izquierda y una que viene, la derecha  y/o al revés y por el medio pasa el micro, con su paradas y todo, sin refugios, sin cemento ni pasajeros ni nada. Por el pastito y a veces esas piedras que ponen allí pero que primero sacaron de allá y  para que el suelo se más duro y estable.

Un lugar extraño con eucaliptos que no te dejan ver el cielo y que parecía ser un centro de distribución, o un costado; esos nexos donde se juntan varias líneas  que llevan o traen gentes que vienen o van parecióme a mi un buen lugar para parar y luego retomar para ir o para volver.
O para volverme o retomarme.
Y lo que parecía haber sido una casa paqueta, señorial, antes moderna, ahora viejísima estaba transformándose en algún centro cultural o museo, para parar un rato o para ir a ver o para volver y administrado por el gobierno local seguramente.
Desde una desvencijada puerta gigante de dos hojas, una para entrar y otra para salir se escuchaba música de tango con unos violines que iban y venían como sobre las cuerdas los arcos tiran y aflojan. Y luego una voz de mujer daba instrucciones para acá y para allá denotaba que ya estaban dando clases de baile a pesar de la precariedad de las instalaciones. En otra parte o en un todo se escuchaba un ruido tremendo, como si tuvieran  en marcha un torno de dentista gigante.

En otra parte, donde no había puerta de entrada ni siquiera pared estaba limpiando o arreglando cosas. El lugar estaba atestado  o más bien infestado de cachivaches todos apilados y mugrientos como si una inundación los hubiera arrastrado con barro y amontonados en ese lugar.
Había cosas de las más disímiles de muebles, sillas de tres patas, lavarropas, una estatua, un mono en una canasta, un pedo  embalsamado, un pedazo de piano, una imprenta minerva, una sobadora, un fuelle para fragua, un bebedero para vacas, un cuadro de Perón, un póster de Charly García junto a Spinetta y Renata Shuseim y un changuito de supermercado.

Siempre hay changuitos de supermercado.
Unos empleados me miraron y me ignoraron y yo seguí de largo.
Las vías habían desaparecido y a la sombra de unos eucaliptos había unos troncos tallados de árboles que habían medido como 12 metros de diámetro algunos o 21 otros. Muchas figuras geométricas que me recordaron a un museo estrambótico que está en europa y que una vez vi una foto en un revista en un consultorio. En el baño de un consultorio, no me acuerdo si de un dentista al cual fui a dejarle un regalito y me puse a leer.
Otras eran esculturas de animales gigantes y extinguidos, como la calamuchita overa o la conscuspicencia retrovoladora. Pero no eran reproducciones exactas ya que no había una sola superficie curva, todos eran planos fragmentados, como si fueran naves que recrearan esos animales.
Tenía que decir si volvía a tomar ese micro verde que me llevara hasta el final del recorrido y luego volver o me tomaba uno directamente que volviera o fuera.
Vi un par de verdes que volvían, o iban, creo que uno de ellos era el que me había traído o llevado.
No recuerdo como fue que retorné o fui a mi casa.
 Lo más de extraño de todo esto fue la música, ni el chofer, ni ningún otro pasajero venía escuchando esa música de pobres que se escucha siempre en los transportes públicos.
Cuando me desperté me di cuenta que hubiera sido mejor llevar una cámara para sacar fotos. O para poner porque en realidad le ponés la imagen adentro del aparato.
Porque en la vida, todo es cuestión del punto de vista.

Patricio Peralta R , o Peralta Patricio R, quién sabe.

Otros sueños para seguir:

The Sun Shines Down On Me – Daniel Johnston


I’m getting closer to the fact
I’ve turned my on silly dreams
And I’m walking down that lonely road
And my heavy load I didn’t bother to bring it
And the sun shines down on me
I fell like I deserve it
And the sun shines down
I’m hiding out where you can’t see
Behind the wall
In the back of the room
And I’m crawling slowly through the dark
And feeling for a punch line
And the sun shines down on me
I want to feel like I deserve it
And the sun shines down
I’m walking down that empty road
It ain’t empty now because I’m on it
And I’m getting closer to a home
That I can carry and take home with me
And the sun shines down on me
I feel like I have to earn it
And the sun shines down

Pregunta

08AM
-Hola, como amaneciste..
-Buen día.  practicamente igual que ayer

Freddie Mercury

-¿Y tomaste algo?
-Si, del antigripal que tenía
-¿Y a que hora lo tomaste?
-el último, como a las 6
-¿ya vas a trabajar?
-Si, ya salgo, hasta luego, te quiero
-Yo también

1230PM
-¿Ahora cómo te sentis?
-Bien, tengo un poco seca la garganta
-¿Tenés mucho trabajo?
-El de siempre, vos estás en el estudio?
-No, me quedé viendo unos presupuestos
..
-¿Y tenés hambre? ¿Ya salís a comer?
-Si, en media hora salgo, si hubieras venido al estudio almorzabamos juntos..

02:16  PM
-¿Almorzaste?
-Si, me estoy tomando un café ¿vos?
-Yo todavía estoy tomando mate ¿Qué comiste?
-Los martes siempre hay pescado.
-¿Con puré? ¿Tomaste otra pastilla?
-Si, y si, ahora me tomo otra.

4:30 PM
-Hola otra vez
-Hola, no te conté que la calza esa que querías ya la vendieron, no saben si entran otras
-Una pena.. ¿Y al cable me lo pagaste?
-Después lo pago por internet.
-¿Alguna novedad?
-No, acá sigo trabajando
-Bueno te dejo
-No, esperá
-Qué.
-Me lo crucé a tu ex-marido.
-No digas así ¿Como está?
-Gordo
-¿Te dijo algo?
-No me vio, iba con una veterana, eso quería decirte
-Allá él, Yo hoy me corté al afeitarme… ¿vos te afeitaste?
-No, me voy a dejar el bigotito como Freddie Mercury.
-Hay, no seas!
– Esperá que tengo gente.
-Te quiero mucho tontito.
-Yo también, trolazo de mi vida.

XX:xx PM
-¿Querés venir a comer? ¿Querés quedarte?
-Si dale, pero te voy a contagiar
-No importa, ¿Cocino algo? ¿ Que querés comer?
-No dejá, vení vos, compramos o hacemos algo acá.
-¿Querés que alquile una película?
-Como quieras, si no, vemos a Capusotto.
-¿Querés ver a Capusotto?
-…

10:00PM
-…
-Volví a hablar con mi hermano.
-¿ Y de que hablaron?
– Nada, tiene quilombos con la mujer, le hizo denuncias por violencia familiar. Una pena, no es para tanto, si siempre le pagaba despacito… Voy a hacer té.

10:18 PM
-¿En qué pensás?
-En la cosmogonía… y en esas otros cosas…  ¿por qué existimos? ¿Tendrá el universo algún sentido? ¿Y nosotros qué? ¿Hay algo más allá?
-Ya empezaste con tus preguntaderas. Me tenés harto, pedime un auto.

 

Freddie Mercury

Insomnia, de Crónicas de Motel, Sam Shepard

Soñé que moría Sam

El insomnio es una cadena

Sam Shepard

El insomnio es un bucle
El insomnio es un círculo vicioso

Ahora mismo
Dentro de mi cabeza
Dentro de los huesos

Mi cuello gira
El cartílago se mueve
Me gusta el ruido de mis huesos

En medio de esta emergencia
Pienso en vos
Y sólo en vos

En medio de esta sangre insomne
Tus labios rosados
Tus brazos extendidos hacia arriba

No puedo respirar sin ti
Pero este círculo de costillas
Sigue funcionando por su cuenta

5/17/82
Lancaster, CA

Crónicas de Motel, Sam Shepard

Sam Shepard actuó en Elegidos para la gloria ( Right Stuff )  dónde otro personaje,  Alan Shepard, es interpretado por Scott  Glenn y el personaje de John Glenn por Ed Harris, todo mezclado vite.

Este libro fue el germen para el la película París, Texas, dirigida por Win Wenders – Buena Vista Social Club, Las alas del deseo, El hotel del millón de dólares  ( la que más recomiendo )

Win Wenders