Plagiando a Borges

No era la obsesión por los gatos lo que lo impulsaba, sino la idea fija de que todo acto humano público interesantborgese se convertía en destino literario ante los ojos escritores. El crítico

caminó por Combate de los pozos y por otras calles que no recordó. Llevaba, por supuesto, un ejemplar de las mil y una noches y también un arma de fuego pesaba sobre su costado derecho. Tomó Juan de Garay atento a todos los cafés, creyendo que esa era la senda que buscaba.

Recorrió la calle Brasil; los bares no tenían la antigüedad pretendida. La pestilencia y la grasa abundaban y también los gatos y sus olores. Él se impacientaba por el suyo literario. Encontró luego el lugar de la olvidada y desaparecida casa de Yrigoyen. El bar apareció retornando de un pasado sin calles abarrotadas. El gato dormido era realmente un mágico animal, una tajada de la eternidad misma. J.L. Dahlmann extendió su mano y no pensó, como su ancestro Juan, que el contacto fuera ilusorio, pues él de verdad acariciaba un cristal: el que lo separaba de la literatura.

Patricio Peralta R, hiperhistorias