Oti Bei, relato de Luis Alberto Spinetta

Oti Bei

 

Surgido entre la oscura mata, espectral y también oscuro, se asoma Oti Bei. Es un niño de río. Su nombre significa niño manatí, niño delfín del río.

El amanecer aquí es muy caluroso. Parece haber humo, y es sólo la neblina que la humedad crea en medio de la vegetación. A la vez se escucha el oleaje del mar  cuando rompe en la playa, habiéndose frenado ya bastante desde el arrecife y también el murmullo del río que viene desde adentro.

Los árboles parecen pintados con una fosforescencia dorada. El día será terrible.

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Luis Alberto Spinetta
Como si buscara mirando el piso, Oti Bei entreabre con su vara los arbustos y las ramas. El canto de los pájaros se escucha cerca y, a la vez, desde el fondo infinito del río y la floresta. Algunas de estas aves cruzan hacia este lado del río con un aleteo incesante, y el niño busca el piso, mirando de vez en cuando el aire alrededor.
Estos niños que otean el aire y el piso son las nuevas flores del lugar. En la aldea no hubo más que dos nacimientos luego de Oti Bei.
Donde nacen los niños, como todos los hijos, los lugares se vuelven más lindos.
El cuerpo del calor ahoga el propio, el sol ha subido y no hay música. Sólo los rápidos pasos hacia los lugares que la vara anticipa.
Alejándose ya de la orilla sus piernas se aceleran, la vegetación ofrece un claro y el canto de los loros se escucha más. Hay una especie de reverberancia de esas voces de pájaros, que como los hombres de ciudad hablan de aquí para allá. Son muchas almas así.
Oti Bei se encuentra cerca de los juncos que dan a un arroyo que el río creó hace mucho, donde el terreno más árido y ocre está bordeado por arbustos que sirven como de calle, cuya salida en curva hacia el arroyo se da en una hondonada natural, y aquí es donde parece estar más hundido todo y el sol apura y la tierra es más caliente. Se escucha el eco de la selva que despierta a pleno.
Un olor intenso a hierbas y menta hay aquí, en este arroyo que bajó y sigue otro cauce y respira otra vez con sonido a río, y se perderá detrás de aquellas lomas que son casi jungla adentrándose en lo virgen.
Mientras se dora el amanecer y ya hay sonidos de mañana, Oti Bei se halla sentado con los pies en el arroyo cuyas aguas son frías, mitigando el calor que va en aumento minuto a minuto.
Lleva agua a su cabeza lentamente con las manos en cuenco. El agua clara cae como una raíz brillante sobre su pelo seco. La piel parece tatuada por el agua, que la oscurece y se dibuja por su pecho, desde su cuello, y salpica su espalda.
El lugar de la paz para Oti Bei.
El lugar de la paz para los niños delfines del río descalzos.
¡Qué intensa la luz al borde del pequeño canal por donde los ojos del niño se ocultan, mientras el sonido se aquieta brevemente y las ráfagas de brisa acarician las hojas!
En estos amaneceres carentes de protección y descanso, Oti Bei alimenta su espíritu, simplemente saliendo ileso de los paseos, fortificando así las enseñanzas aprendidas en su aldea.
De pronto. !Un pez! – exclama Oti Bei.
Sobre la derecha de su vista se asoma la blanca cabeza de la lisa, oponiéndose al sentido de la corriente, interrumpiendo la actividad del agua.
Oti Bei está asombrado por el movimiento empecinado del pez, que, eléctrico, se inclina hacia un costado. El misterioso movimiento de algo nuevo que parece salido de un mundo acaso distante del niño y la selva, y aun de las aguas.
Pez delgado y blanco sobre el vitral del arroyo cercano al mar.
El niño obtendrá un alimento gracias a su instinto de cazador. Es que ahora entre las rocas que lo ralentan, el pez queda de costado y Oti Bei lo detiene bruscamente con un golpe de su vara y lo captura impecable con su otra mano.
Ha tenido suerte. A veces, en su condición de sobreviviente, esto es un milagro.
Otras veces, con igual salvajismo, el alimento no existe.
Por suerte hay una temporada de pesca, cuando todos en la tribu esperan a los hombres que se internan con sus piragüas en la laguna oceánica que deja el arrecife. Con sus redes capturan miles de pequeñas lisas que quedan en el aciago.
O cuando los frutos maduros de la selva se prodigan con generosidad.
La aldea entera, entonces, incluyendo a Oti Bei, disfruta de los cocos, las bayas, y hasta de la miel de las abejas silvestres y algunas raíces dulces, a las que hay que saber encontrar aprendiendo de los mayores. Suelen encontrarse en lugares peligrosos, en lugares al pie de los árboles donde habitan alimañas.
Así como a la deriva, la vida entre paraísos de flora y fauna se constituye de una realidad más sensible. Lo frágil de la existencia ante tanta belleza y peligro, absorbe la mirada, pero a la vez no permite distracción alguna.
El sol se impone groseramente sobre la cabeza que aunque refrescada por el agua, arde.
Sin estar perdido sin estar distraído aún sin haber descansado, este niño juega con la realidad de la selva plena de diversidad. De sin asombro a la muerte repentina, no hay sino un corto paso aquí. Sin embargo, el lugar no podría ser más hermoso.
El mar confluyendo hacia la hondonada de la jungla. Río salado y luego dulce de la montaña lejana. Mundos que convergen sin prisa, pero de manera eterna.
Y así de nuevo, con el oleaje de los días que no tienen respiro ni parecieran tener finalidad alguna, la vida aquí construye al niño descalzo embebido en la constante del cielo y la tierra.
Su mirada no se detiene ante la tempestad o la mansedumbre. Los días son iguales cambiando interminablemente. El ser se dispone a saber, saber que se es la selva tanto como el agua o los juncos azulados que terminan casi dentro del pequeño arroyo.
Hay un lugar de verdadera quietud donde la existencia carece de intelecto.
Instintivamente las palmas de sus manos intentarán rastrear el viento y los latidos del horizonte de frondosos dibujos, y su movimiento es oración como señal al universo.
El propio conocimiento sabe el lugar y la arquitectura de la razón que éste imprime en el alma.
Siento cierta conmoción al pensar en esto. Lo veo a Oti Bei, el niño delfín de agua dulce guiado hacia su destino.
Ahora, las tenues luces del amanecer se han transformado ya en pleno día, dispuesto a consumir las almas de la tierra en su ciclo demencial, atendiendo a los desvanecimientos humanos como un preciso reloj que todo lo puede.
Para Oti Bei, cualquiera de las rutas que elija lo conducirá a su aldea. Y mañana volverá a internarse, como hoy, en la jungla, o caminará por la playa, o estará en el río o el arroyo, o en la dunas más allá de las altas rocas que hay en el extremo de la costa.
De pronto el cielo es de un azul muy intenso y lleno de luminosidad.
Cruza un águila, Oti Bei la advierte de inmediato, parpadeando al oír el aleteo avisador.
Mientras el dibujo de sus alas en triángulo perfecto la frenan apenas antes de retomar el vuelo, el vuelo, el águila dobla, y, abajo, punzante, el suelo aguarda un instante, casi sin latir, con la quietud que suele preceder al peligro. Oti Bei se detiene, inmediatamente sabe que está ante una enemiga mortal. Es una serpiente mamba negra muy venenosa que lo amenaza con sibilancia aterradora. No es demasiado grande, pero sus oscuros dibujos indican claramente que se trata de una depredadora letal, y la ferocidad de su quejido es más que una advertencia para el niño.
Oti Bei se detiene y el pelo se le eriza. Está completamente electrificado. Sus pequeñas narinas se han abierto al máximo, como si quisiera oler la realidad misma. Es un instante crucial y sabe que ésta es una prueba de vida o muerte.
En el convencimiento de vivir  en este paraíso, bajo este cielo azul tan inmenso, apenas surgido de la penumbrosa selva, y sólo por un segundo, resulta imposible reflejar la violencia de la escena, en la que nuestro niño enfrenta a la muerte y tras avisar, súbitamente, el águila ha desaparecido.
Algunas águilas temen acercarse a cazar esos reptiles. Ellas sólo avisan el lugar exacto, con sus alas abiertas que hacen de punta de flecha que señala el piso.
Los aborígenes de la aldea de Oti Bei no tienen miedo a ninguna criatura de la selva, ni siquiera les temen a las arañas más venenosas, pero sólo alguien muy experimentado puede saber que el águila avisará sabiamente.
El día, que recién ardía, ahora parece congelado. No se percibe brisa alguna  las aves, misteriosamente se han silenciado.
De inmediato me imagino el miedo de los niños cuando la ciudad en la que viven es bombardeada día y noche. Veo un niño abandonado que se oculta de las bombas olvidándose del propio deseo de salvarse. Esto es desde una perspectiva totalmente lejana al drama que observo ahora en este Edén y por supuesto, ambas situaciones suceden en el mismo planeta.
Si sorpresivamente la mamba atacara a Oti Bei desprevenido, la consecuencia de su tarascón sería la inmediata muerte, es decir, lo opuesto a lo que pasa en estos momentos por su mente. Éste y aquél son el mismo niño en esencia, como un niño de Chernobyl, u otro de un pueblo intoxicado de tecnología, o infectado de odio religioso. Siempre se ve, creo, como la representación del ser indefenso enfrentando a un terrible mal.
Así en este momento inmóvil, los ojos de nuestro niño se compenetran en la serpiente, que brilla entre la vegetación como una lonja negra  y plateada.
La vara de Oti Bei, sabiamente se alza y cambia de posición, y la serpiente se yergue, a su vez, chillando brevemente.
En el rostro del niño no hay mueca alguna. Su pensamiento, agudo sendero hacia todos los sitios, recorre rápidamente las imágenes de su aldea y la gente de la tribu, sus lugares favoritos, su cama de estera, sus pequeñas plumas. Acaso si fuera picado por la mamba dejaría de verlo todo para siempre. Las niñas y los niños de la aldea, los paisajes, los pájaros, las orquídeas, el oleaje. Todo.
En el torbellino de estos pensamientos, Oti Bei ni siquiera pestañea. Su corazón late apresuradamente. Tiene ante sí a un animal a la vez mortífero y sagrado, al cual la tribu respeta desde tiempos remotos. Entonces, los sabios de la población conocían el lenguaje para hablar con las serpientes y los demás animales de la selva.
Oti Bei levanta aun más su vara. Su movimiento es tan lento que la serpiente, demasiado concentrada, no alcanza a percibirlo, y sólo enfoca con sus ojos sin descanso la punta del palo, punta negra curada desde hace tiempo por el mismo suelo.
Por encima de su cabeza, Oti Bei siente una bandada de unas pequeñas aves que se animan a cruzar el lugar. Sin embargo, la tensión del momento es tan fuerte que impide la respiración.
Serpiente y niño se miran acechantes. La vara negra de Oti Bei se ha detenido ahora casi por encima de la cabeza de la mamba, pero como a un metro de ella. Es un instante interminable.
Rara vez un niño de su edad se encuentra solo ante una serpiente tan venenosa.
De pronto, como un rayo, el reptil se precipita hacia adelante arqueándose con extrema ferocidad sobre la punta de la vara, pero Oti Bei, con un movimiento de látigo, ensarta la garganta de la mamba. Ha sido una asombrosa maniobra de espadachín, y la mamba, atragantada, comienza a chillar y muerde neuróticamente la dura madera, mojándola varias veces con su letal veneno.
El movimiento del palo ha sido tan exitoso que la serpiente, al retorcerse, más lo va tragando, a la vez, con los pequeños y violentos puntazos que Oti Bei aplica en el aire, increíblemente atento.
La mamba está alterada. Ha quedado en silencio y sólo la parte posterior de su cuerpo logra moverse, paralizada por la vara a la que ha tragado bastante.
Pareciera que, bajo el sol abrasador y la relativa proximidad de los árboles, se ha recuperado parte del ruido, como si todo fuera a proseguir como siempre. Pero Oti Bei siente la sal de una gota de sudor en su cabeza renegrida que baja hasta la comisura de sus labios. Su miedo, ahora, balancea la habilidad casi mágica con la que acaba de detener a la serpiente.
Otra veloz bandada de pequeños loros cruza el aire gritando desde lo alto. Perlo lo que ahora gritan es el alerta de muerte para la mamba negra y no el festejo por el espectáculo que ha brindado Oti Bei.
Irguiendo el trofeo con su vara, el niño delfín hablará largamente con la serpiente agonizante. Con el correr de las horas, y ya cerca de los bambúes que protegen a la aldea del viento el niño despedirá con un melancólico canto a la mamba cautiva, que ya rendida, ha tragado más de la cruel madera, muriendo.
El niño llora por ella, ahora. También lo hace por la emoción de recordar el momento de terror vívido.
La aldea entera se ha acercado a ver la mamba inerme como un fino guante sobre la vara de Oti Bei. Con el correr de las semanas comenzarán las deliberaciones de los sabios de la tribu. Consideran la captura de la serpiente como un milagro muy importante. Querrán escribir la historia a la manera de una nueva leyenda para su pueblo, para las futuras generaciones.
Su vara será objeto de constante observación y se le rendirá culto, tal como se les rinde a las canoas con las que los pescadores se animan a las aguas más allá de la rompiente.
La piel del reptil quedará guardada en la choza reservada junto a los inumerables hallazgos y objetos rituales de su tradición.
Oti Bei, el niño que se ha convertido en héroe mítico, cumplirá apenas nueve años.
Cuando sea mayor de edad, quizá sea jefe de su grupo y, por supuesto, de ahora en más será acompañado a sus paseos por la selva al menos por un joven guerrero, como un pequeño príncipe. El guerrero deberá recopilar cada suceso, para poder así relatar al regreso el curso de la caminata. El acompañante deberá, además, obedecerle y “aprender los pases mágicos” que Oti Bei realice con su vara, como cuando caza los peces que caen al arroyo, que ahora ya no será un lugar tan secreto.
Preciosas horas en la vida de un niño atravesando la diversidad de estos parajes, ahora resplandecientes desde aquí.
Vida ignorada. Magia oculta a los ojos del resto del mundo. Esfuerzo sin recompensa de una cultura en acción, como tantas otras.
El bosque perece levemente entre sus colores hacia la llegada de una profunda y lluviosa noche selvática. El bramido de las intensas ráfagas de agua desarma todos los complicados ruidos de la jungla en la quietud de época seca.
El mar, por otro lado, amenaza a veces con desatarse como un manto gigante sobre toda la floresta costera que protege la aldea  y las pequeñas embarcaciones.
Hay noches durante la temporada de lluvia en la que ésta para brevemente y los sonidos del bosque parecen volver a la vida y el espumoso oleaje genera una asombrosa fosforescencia.
En este lento espejismo sonoro, oigo con mi imaginación los relatos de Oti Bei, innumerables veces repetidos antes los oídos de los ancianos de la tribu.
La bruma de la selva y el río que llega de más allá y el salitre que aqueja la corteza los árboles costeros, ya han descendido sobre la aldea.
Alguna tempestad lejana desprende rayos que caen al horizonte tímidamente apenas un instante, dibujando las espesas nubes. La hojarasca húmeda se ha detenido, y algunos gritos y chillidos aseguran la persistencia de los hombres y animales.
El fuego de la aldea y el estrellar de las olas contra la breve playa son de un mismo resplandor nocturno.
Oti Bei duerme. Su oscuro cuerpo se recorta patentemente contra la esfera clara que es su lecho.

sorin
Juan Pablo Sorín
Mañana retomará la aventura, descubrirá un nuevo secreto.
Sólo los pasos

por la selva violeta
de un niño descalzo
buscando ya lejos del mundo
una voz
que le hable su lengua
y le diga su tierra y su cielo.
Luis Alberto Spinetta.
Grandes chicos, un proyecto de Juan Pablo Sorín y Sol Cáceres
2005 La pelota roja
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